Y así, nunca retraso el reloj cuando toca. Lo dejo diciendo la hora de verano, y cada vez que lo miro, me engaño creyendomeló, para en seguida caer en la cuenta de que no es verdad, que aún cuento con una buena prórroga. Qué días tan perfectos estos en que dura la farsa. Me acuesto a una hora decente, me levanto temprano, llevo una vida ordenada, como a la hora en que lo hacen los europeos...
Luego pasan los días, y el truco va dejando de funcionar. Me relajo y empiezo a abusar del margen; me voy acostando cada vez más tarde, porque empiezo a automatizar lo de restar una hora. Ya no me engañas, reloj.
Pero a la vez, alguna vez me hago un lio; alguien me pregunta la hora por la calle y me confundo y sumo una hora en vez de restarla, y se me quedan mirando como si fuera idiota. Comprendo que otra vez a llegado el momento de volver al redil de la hora verdadera y hago el cambio. Hasta el año que viene.

El otoño ya está aquí. Qué pronto se hace de noche. Qué nostalgia del presente.
No hay comentarios:
Publicar un comentario